Derivas e invenciones caosmóticas

Fernando Golvano

In nuce .- La tarea del arte hoy es introducir el caos en el orden.

Adorno, Minima Moralia

O mejor, descubrir lo que no se había visto, lo que no se esperaba, lo que no se imaginaba. Pero cómo poner ejemplos: no es lo que se venía enumerando a lo largo del tiempo dentro del abanico de sorpresas o maravillas de este mundo; no es ni lo grandioso, ni lo impresionante; ni siquiera es lo extranjero forzosamente: al contrario, sería más bien lo familiar recobrado, el espacio fraternal.

Georges Perec, Especies de espacios

Pamplona, Berlín, Lisboa son algunas ciudades por las que Xabier Idoate, con su cámara fotográfica, ha merodeado sin programa definido. De sus geografías urbanas, arquitecturas, distopías, vestigios, tramas convulsas y mundos de vida ha extraído una dispar colección de imágenes que ha dispuesto como vasto ready made alterado. A partir de ese archivo de apropiaciones innúmeras, su imaginación creadora no ha cesado de inventar, a través de manipulaciones digitales y de azares surgidos en el propio proceso, un formidable atlas de espacios fraternales con su reserva de paradojas, memorias y perspectivas fragmentarias en juego. Lo real pareciera devenir ámbito imaginario y ficcional, matriz de narraciones posibles in medias res . Y ese desplazamiento conlleva que sus series las percibamos con afección misteriosa dado que, como recordaba Siegfried Kracauer, “el conocimiento de las ciudades está ligado a la posibilidad de descifrar sus imágenes de ensueño”. Sean lo que fueren, mapas estético-cognitivos o restos de un memorial más poético que documental, en estos trabajos realizados en los últimos años se reconoce una suerte de tensión heterotópica discreta: los espacios se alteran y dislocan para acoger mundos otros, transgresiones nuevas y otras formas del desorden. De lo fragmentario se infiere una especie de totalidad inefable. La presencia de lo humano, en la mayoría de los casos, se muestra de manera diferida.

En relación a las imágenes que presenta bien aisladamente, en dípticos o en polípticos, sobresalen unas series de cierta poética próxima a la del palimpsesto. Pero en el caso de las propuestas de Idoate, en las obras que pudieran adscribirse a esa lógica constructiva, a saber, aquellas que retienen improntas sucesivas con variaciones visuales y cromáticas, o con imágenes superpuestas y heteróclitas, esa composición funciona como si de otra modalidad surrealista del célebre cadáver exquisito se tratara. Así trama imágenes que quedan sin sobra, donde lo fragmentario deviene acontecimiento lábil, surgido como escritura automática que inventa en cada momento de su producción su propia sintaxis. Sabido es que toda práctica artística inventa sus propias reglas y juegos de lenguaje, y que reúne cálculo y azar en un proceso que relaciona de manera enigmática una potencia poiética como resultado de una capacidad de hacer cosas ( vis formandi ) y de un deseo de crearlas ( libido formandi ). Estas series lo confirman una vez más, y el resultado es este plural imaginario inédito que hibrida representaciones, deseos y afecciones plurales.

Sean palimpsestos, collages, o magmas cifrados por una multiplicidad caótica, lo sustantivo reside en ese hacer poiético que se despliega como juego y memoria de lo acontecido o imaginado. «No hay nada más poético —escribió Novalis en sus Fragmentos — que todas las transiciones, todas las mezclas heterogéneas». Como sucede en estas series, cuya poética visual reside en su naturaleza heterogénea: huella caótica, y también anamnesis de un mundo apenas descifrable. Por eso, aprehenderlo es recordarlo y reinventarlo mediante un juego de inteligencias creativas y de reminiscencias. Una imagen lleva a otra, en una deriva formal o cromática, en una secuencia caótica o aleatoria generada mediante el propio dispositivo tecnológico de tratamiento de imágenes que utiliza. Aunque pudiera parecer una distracción vana o una fantasía delectante y gratuita (a veces la acción restringida de la praxis artística privilegia precisamente esa elección), en el caso de esta panoplia de imágenes que expone Idoate está esa pulsión surrealista y la memoria diferida de tantos errabundeos urbanos.

Si ya hacia la mitad de los años veinte la acción surrealista sobre los imaginarios urbanos postulaba un nuevo modo de percepción y apropiación que impugnaba la mirada racionalista y burguesa para apreciar lo insólito, lo deseable y la libertad de lo caótico: al fin y al cabo, enfatizaban la apropiación surreal de la ciudad, en la que se superponían al modo palimpséstico visiones inéditas. Pues bien, cabe apreciar también estas imágenes de Idoate como divagaciones visuales o acción diferida sobre esa herencia surrealista que reivindica el libre juego de las pulsiones y del azar, así como la extrañeza de cierto caos primigenio que sólo en parte puede reconfigurarse como orden. Lo que trama morosamente desde las manipulaciones digitales son siempre paisajes otros, escindidos; y, como recordó Benjamín en sus Das Passagen-Werk (1929), eso es la ciudad para el Fláneur : un paisaje escindido.

En algunas series, como por ejemplo la que parte de imágenes de Berlín, la lógica del collage está modulada por el protagonismo del dibujo vectorial. Sobre las posibilidades de esta técnica este artista lleva ya una larga travesía de práctica experimental. Hay, también, una suerte de desplazamiento de la imagen documental hacia una dimensión virtual o imaginaria enfatizada por los juegos cromáticos y por las relaciones intertextuales entre fragmentos que funcionan como cita o comentario. El uso del color, en el que se reconoce un cierto ascendiente pop, altera más que ensambla la percepción de lo real, dislocando la buena mimesis y resemantizado un haz de diferencias y repeticiones.

Tiene, asimismo, otras series que privilegian lo que él denomina la “hiperperspectiva: representaciones de estructuras axonométricas en las que proyecta esos imaginarios urbanos que condensan la experiencia de un lugar. Prolonga de ese modo una voluntad que iniciara en los años ochenta y que relaciona un hacer geométrico y descriptivo con un modelo de representación virtual más propio del diseño arquitectónico. Así, escalas gráficas, geometrías alámbricas, proyecciones ortogonales que anulan el gesto pictórico, definen un nuevo entorno para exponer una intempestiva topofilia, quizá fragmentos de caosmos metropolitanos. En esas mallas o retículas de proyecciones ortogonales emergen vacíos pregnantes que modulan la tensión entre las imágenes. Todo parecería gravitar como si de telépolis virtuales se tratasen, y donde la experiencia del lugar se recorta de otro modo y queda informada por otras interacciones que modulan lo local y lo global. Ha sido Michel Serres uno de los pensadores que más perspicazmente han observado esa mutación metropolitana. «Despegada del lugar —escribió—, la singularidad queda confiada a signos móviles, volátiles, ubicuos, permanentes» . Análogamente, una parte de la arquitectura del presente, en su deriva espectacular, asume una identidad móvil, en la que lo ficcional y lo virtual buscan su transfiguración real. En estas series lo nuevo no se yuxtapone como estrato caótico (tal y como acontece en sus obras de cuatro torres de marcado acento expresionista y saturadas de microespacios de índole dispar), sino que parece clausurar un mundo propio, un para-sí, abierto a alteridades desconocidas.

Estas mallas devienen en topografías genuinas quizá como novedosos mapas cognitivos y fragmentarios de un universo heteróclito por venir. En cualquier caso pueden percibirse como cartografías nómadas donde poder proyectar la epifanía de lo urbano: lo imprevisto, lo sorprendente, lo móvil, o los espacios tránsito para derivas, situaciones y juegos de acontecimientos. Son, en última instancia, paisajes dislocados, donde relampaguea el pasado fugaz, aquellas imágenes tomadas al azar, esas apropiaciones urbanas, la malla de la memoria con sus vestigios y olvidos. Reciclaje y contaminación visual, declinación de la imagen fotográfica pura: todo ello dispone Idoate en otras modalidades de representación y de juego de lenguaje. Precisamente, una figura recurrente en sus series es la paradoja visual, ese pathos que hace valer por igual la diferencia y la repetición, y que lleva el sentido hacia las afueras del pensamiento.

Por último, en la mayoría de sus obras se reconoce asimismo ese otro pathos signado por el impulso melancólico. La imagen precaria, dislocada de su estatuto fotográfico convencional, se expone mestiza en un juego cuya cifra se desconoce, pero que pareciera exponer una melancolía de los espacios y los tiempos vividos.... y de la imagen ilegible. Todo ello se expone plenamente, con una afección indefectiblemente melancólica, en su políptico de veinte piezas sobre arquitecturas y lugares de Pamplona. No se trataría de ver/leer lo que fue captado por el dispositivo fotográfico sino aquello que en una dialéctica de cálculo y azar acontece en el proceso de constitución de esa imágenes finales. Reminiscencia y narración de la catástrofe visual, palimpsesto caótico, continuum suspendido. Entonces más que enunciar, estas imágenes muestran exponiéndose. Y por ello, ponen en juego, de otro modo, el pensamiento en imágenes. Caosmos, declinación ensoñadora, distopías o heterotopías quizá para dar otra forma al caos. Tal vez.

Michel Serres «Urbi et Orbi» en Debats 62-63, otoño, 1998, p. 53